MozartDies irae

La historia de «Dies irae»

El «Dies irae» entra con orquesta y coro a plena potencia: cuerdas en tremolo, figuras sincopadas y acordes repetidos en los metales. Una carrera cromática de semicorcheas desemboca en una progresión armónica también ascendente mientras el coro canta «Quantus tremor est futurus», y el material se repite con desarrollo armónico antes de que la textura caiga en un unísono tembloroso, de nuevo con tremolo. Es la primera de las seis secciones del himno «Dies irae» dentro de la Secuencia del Réquiem en re menor, K. 626.

El encargo llegó de forma anónima. Detrás estaba el conde Franz von Walsegg, un músico de cámara aficionado que solía encargar obras y presentarlas luego como propias: quería un réquiem para recordar a su esposa Anna, fallecida el 14 de febrero de 1791 con veinte años, y la misa se celebró el 14 de febrero de 1792. Mozart compuso parte de la obra en Viena a finales de 1791 y la dejó sin terminar al morir el 5 de diciembre.

En el autógrafo solo el Introito estaba completo y orquestado de su mano; el Kyrie, la Secuencia —a la que pertenece el «Dies irae»— y el Ofertorio quedaron como esbozos detallados. El compositor Joseph Eybler intentó continuarlos, se sintió incapaz de seguir y devolvió el manuscrito a Constanze Mozart, la viuda, que se lo pasó a otro compositor, Franz Xaver Süssmayr. Él añadió su propia orquestación desde el Kyrie en adelante, completó el Lacrimosa y escribió el Sanctus, el Benedictus y el Agnus Dei, y preparó una copia limpia imitando la caligrafía de Mozart, fechada «1792» con torpeza.

Walsegg pensaba presentar el Réquiem como obra propia, como había hecho con otros trabajos, pero el plan se frustró con un concierto benéfico público a favor de Constanze. Fue ella quien alimentó buena parte de las historias que rodean a la obra: el mensajero que no reveló quién encargaba la misa y la convicción de Mozart de que escribía el Réquiem para su propio funeral. Desde los años setenta del siglo XX no han dejado de surgir versiones alternativas a la de Süssmayr: se han hecho al menos diecinueve completaciones, once posteriores a 2005.

Letra original / traducida

Dies irae

Dies iræ, dies illa,
Solvet sæclum in favilla,
Teste David cum Sibylla!
Quantus tremor est futurus,
quando iudex est venturus,
cuncta stricte discussurus!
Tuba mirum spargens sonum
per sepulcra regionum,
coget omnes ante thronum.
Mors stupebit et Natura,
cum resurget creatura,
iudicanti responsura.
Liber scriptus proferetur,
in quo totum continetur,
unde Mundus iudicetur.
Iudex ergo cum sedebit,
quidquid latet apparebit,
nihil inultum remanebit.
Quid sum miser tunc dicturus?
Quem patronum rogaturus,
cum vix iustus sit securus?
Rex tremendæ maiestatis,
qui salvandos salvas gratis,
salva me, fons pietatis.
Recordare, Iesu pie,
quod sum causa tuæ viæ;
ne me perdas illa die.
Quærens me, sedisti lassus,
redemisti crucem passus,
tantus labor non sit cassus.
Iuste Iudex ultionis,
donum fac remissionis
ante diem rationis.
Ingemisco, tamquam reus,
culpa rubet vultus meus,
supplicanti parce Deus.
Qui Mariam absolvisti,
et latronem exaudisti,
mihi quoque spem dedisti.
Preces meæ non sunt dignæ,
sed tu bonus fac benigne,
ne perenni cremer igne.
Inter oves locum præsta,
et ab hædis me sequestra,
statuens in parte dextra.
Confutatis maledictis,
flammis acribus addictis,
voca me cum benedictis.
Oro supplex et acclinis,
cor contritum quasi cinis,
gere curam mei finis.
Lacrimosa dies illa,
qua resurget ex favilla
iudicandus homo reus.
Huic ergo parce, Deus.
Pie Iesu Domine,
dona eis requiem.
Amen.


Día de ira

¡Será un día de ira, aquel día
en que el mundo se reduzca a cenizas,
como predijeron David y la Sibila!
¡Cuánto terror habrá en el futuro
cuando el juez haya de venir
para hacer estrictas cuentas!
La trompeta resonará terrible
por todo el reino de los muertos,
para reunir a todos ante el trono.
La muerte y la Naturaleza se asombrarán,
cuando todo lo creado resucite
para responder ante su juez.
Se abrirá el libro escrito
que todo lo contiene
y por el que el mundo será juzgado.
Entonces, el juez tomará asiento,
todo lo oculto se mostrará
y nada quedará impune.
¿Qué alegaré entonces, pobre de mí?
¿De qué protector invocaré ayuda,
si ni siquiera el justo se sentirá seguro?
Rey de tremenda majestad
tú que salvas solo por tu gracia,
sálvame, fuente de piedad.
Acuérdate, piadoso Jesús
de que soy la causa de tu calvario;
no me pierdas ese día.
Por buscarme, te sentaste agotado;
por redimirme, sufriste en la cruz,
¡que tanto esfuerzo no sea en vano!
Justo juez de los castigos,
concédeme el regalo del perdón
antes del día del juicio.
Sollozo, porque soy culpable;
la culpa sonroja mi rostro;
perdona, oh Dios, a este suplicante.
Tú, que absolviste a Magdalena
y escuchaste la súplica del ladrón,
dame a mí también esperanza.
Mis plegarias no son dignas,
pero tú, que actúas con bondad,
no permitas que arda en el fuego eterno.
Colócame entre tu rebaño
y sepárame de los impíos
situándome a tu derecha.
Confundidos los malditos,
arrojados a las llamas acerbas,
llámame entre los benditos.
Te ruego compungido y de rodillas,
con el corazón contrito, casi en cenizas,
que cuides de mí en el final.
Será de lagrimas aquel día,
en que del polvo resurja
el hombre culpable, para ser juzgado.
Perdónalo, entonces, oh Dios,
Señor de piedad, Jesús,
y concédele el descanso.
Amén.

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